Soy un cazador de sueños. Todos creen que trabajamos sólo de noche o cuando la gente duerme, pero no. A cada uno se le asigna una persona que va de acuerdo a su carácter. Como yo tengo una personalidad comprensiva me toca cuidar de la mente de una niña con más frustraciones que sueños, pero que aún no pierde la esperanza de concretar sus proyectos alocados ni puede dejar de imaginar. Entonces cuido de sus pensamientos día y noche, esté o no esté en la casa. Yo la sigo a todas partes.
Sueña apenas se despierta, sueña cosas divertidas en las mañanas, como que el baño es una nave espacial y tiene que salvar al mundo desde el inodoro, mientras que el bidet cumple el papel de subcomandante descompuesto que, por haber tragado tierra lunar, cada vez que tiene ganas de vomitar lanza un chorro hacia el techo de líquido extraterrestre. Y el cepillo de dientes es el virus maligno que ataca la nave, el shampoo ya se enfermó porque el aliado del cepillo, el dentífrico, lo envenenó con su menta blanqueadora.
Cuando entra en la ducha es todo un tema. La Comandante Laura (así se llama a sí misma) piensa que el agua es una lluvia de meteoritos y que cuando cierra los ojos se hace inmune. Entonces hace todo a las apuradas, el jabón le da un plus de vitalidad, ése es el momento de abrir los ojos por diez segundos, diez segundos valiosísimos que la ayudan a ubicar la esponja, el shampoo y la crema enjuague. Pero como el shampoo se enfermó no puede usarlo, entonces improvisa con unos frasquitos, esos que te dan en los hoteles, ella los guarda de recuerdo, son pociones mágicas a la hora de enfrentar a los meteoritos, y comodines cuando el shampoo se enferma. El secador de pelo es el personaje más importante de la novela matutina de Laura, es su desayuno favorito. Porque cuando los extraterrestres se quedaron sin armas usan su poder telepático que entra en los cerebros de los humanos a través del sonido. Cuando el secador está encendido es un mundo de paz total, Laura es más inmune que nunca.
Todos los días un capítulo distinto va viviendo, siempre ayudando a la paz mundial, no sea cosa que nos vengan a matar los extraterrestres. Pero el sueño se termina cuando toca hacer el desayuno real. Siete en punto de la mañana Laura ya está preparando la leche chocolatada con galletitas. O a veces, cuando se retrasó soñando en el baño, abre un yogur y se acabó la joda, es hora de asumir las responsabilidades e irse al colegio.
Primero le da un beso a la madre, otro a su hermano y sale corriendo de la casa a tomarse el colectivo, ¡que no se le vaya el 127 de las 7:30! El viaje más divertido del día. Siempre viaja en el coche de Jorge, el chofer más copado del mundo dice ella. Se saludan y se cuentan los chismes más recientes. Después se sienta en el asiento de siempre, ese que está muy cerca del piso, arriba de la rueda y que le queda espacio justo para poner las piernas y la mochila. Ahí empieza su sueño más dramático, escapa de una guerra nuclear que convirtió a todos los seres humanos en mutantes y ella se refugia en el asiento más apartado, para aparentar ser mutante, así no se la cenan. Jorge también es mutante, pero de los buenos, aunque se disfraza de malo para ganarse el pan de todos los días llevando a los mutantes al trabajo y a los mutantitos al colegio. Laura sobrevivió a la radiación porque estaba en su nave espacial salvando al mundo de un futuro ataque extraterrestre.
Empieza a acelerar el transporte mutante y en la primera parada sube la señora mutante ama de casa que lleva a sus hijas con cara de culo al colegio, ¡al mismo que va Laura! Ella las odia con toda su alma, está planeando hacer un ataque cuando convenza a los extraterrestres que los únicos seres humanos malos del planeta son la familia Sackville.
Le toca el turno de subir al transporte al panadero Jaime, un chileno que tampoco es mutante, pero que debe serlo para vender el pan de cada día, fundamentalmente a Jorge. Laura y él eran mejores amigos antes, pero después de la radiación tuvieron que distanciarse, Jaime priorizó a su familia antes que a la amistad con Laura, a ella le pareció bien, primero la familia, claro está. Pero igual cada tanto se mandan cartas para saber cómo anda todo, el colegio, la panadería y etcétera.
Por ahora son cinco, y así seguirán las próximas cuatro cuadras, pero en Cochabamba y Virrey Liniers le toca el turno a una ex vecina de Laura, cuando ella vivía justamente al lado de la casa de Victoria, su ex vecina. Ahora es mutante, no se llevan tan bien como antes, cruzan un diálogo, pero no muy largo, es muy probable que los mutantes huelan el aliento a normalidad, todavía no lo comprobó, ¡ni quiere! No le gusta arriesgarse, prefiere creer en ella misma y sus hipótesis, que son lo suficientemente lógicas. Hasta llegar a Independencia y Colombres hay varias paradas, en las que suben los mismos de siempre, mutantes trabajadores y mutantitos estudiantes. No hay ningún problema con ellos, hablan en su idioma y Laura con el mp3 en los oídos no escucha nada; igual, si así lo hiciera, no entendería, además tiene muchas cosas que estudiar, siempre pero siempre hay alguna prueba y, obviamente, ella no estudió nada. No sé cómo hace, pero siempre aprueba, bah, casi siempre. Matemática le cuesta un poco, a veces no aprueba el trimestre.
A Laura le llama mucho la atención un hombre que siempre sube cuando ella se baja, no sabe si es mutante o no, al parecer no, pero como es canoso y siempre lleva lentes negros puestos… No sabe. Pero de lo que sí está segura es que se llama Thomas Knox, porque es más que obvio que es extranjero, se le nota en la piel y en sus lentes importados dice ella. Debe ser de la Masonería o algo de eso, piensa Laura. Algún día tal vez se anime a hablarle, quizás un día renuncie a la idea de no viajar tan sólo ese día en el coche de Jorge y arriesgarse a ser atacada por los mutantes sólo para hablar con Thomas Knox, se muere de intriga por saber de qué país es.
Uy, llegó la hora de tocar el timbre, llegamos a Rivadavia. Y ahora la travesía más dura, una odisea realmente, caminar tres cuadras atravesando una pista de fórmula uno, ahí los autos van a mil por hora, están todos loquitos piensa Laura, podrían llegar a matar a alguien con sus autos tuneados, hasta podrían matarse a ellos mismos, no usan cascos ni cinturón de seguridad. Bueno, tal vez esté bien que no usen cascos, queda muy ridículo, pero cinturón de seguridad es fundamental. Por suerte es otro mundo y no son mutantes, están locos nomás.
Las primeras dos cuadras son las más fáciles, porque va por el costadito y con lo único que tiene que tener cuidado es con los bebés gigantes, que babean el piso y lo dejan resbaloso. Además, en la segunda cuadra, hay un escape de aire de una fábrica abandonada, Laura piensa que es una fábrica de aviones y que prueban las turbinas hacia la calle. El piso está resbaloso y el aire te empuja las piernas, podría evitarse tanto riesgo, pero sería aún peor, tendría que cruzar la pista de fórmula uno, y eso sería demasiado peligroso. El resto es pan comido, nada más tiene que esperar que paren los autos en el boxes a las 7:40, en ese momento es cuando paran todos a descansar o arreglar sus autos, y también es el momento de que Laura pueda cruzar para llegar al colegio.
El colegio es el peor lugar en el que podría estar Laura. Nada más tiene unos pocos minutos por día dentro de ese horrible lugar para poder ser ella misma, durante el resto tiene que ser la estudiante y la compañera, palabra que le repugna, tanto como se escribe, se pronuncia y su significado. “Compañeros, ¿por qué compañeros? ¿De qué? Si sólo somos un montón de robotitos copiando algo del pizarrón. ¿De qué nos sirve? Mejor dicho, me sirve, al resto por ahí le es útil, a mí una total basura y pérdida de tiempo” Sí, Laura también se enoja, curiosa y casualmente en el horario de clase, y más que nada en la clase de matemática. Pero todo eso se termina cuando toca el timbre, que no es como el resto de los timbres, es más angelical, un sonido proveniente del paraíso, el sonido que le marca que es hora de ser ella, de volver a soñar. Entonces se va corriendo al baño, entra sigilosamente en la nave de los extraterrestres. Principal señal de que es nave extraterrestre: humo. ¡Siempre hay humo! Y los malditos extraterrestres se disfrazan de señoritas o un intento de ellas. Viven insultando, viven para insultar y a veces insultan para vivir, es muy loco, piensa Laura. Pero siempre que hay enfermedad, hay una cura, ella siempre lleva consigo un desodorante de esos chiquitos que se compran para el auto, pero no se usa hasta que no se sale de la nave.
Cuando se está en la nave enemiga hay que ser muy cauteloso, actuar con naturalidad y… “Entrar en la onda”, así le llama Laura. Entrar en la onda es básicamente insultar. Te salpicaron agua e instantáneamente tenés que decir “la concha de tu madre”, o cuando te entra humo en el ojo decir “la puta madre”. Al principio le costaba decir tantas guarangadas juntas, pero ahora la tiene clara, le sale natural, tan natural que a veces se le escapa en clase (siempre en matemática, por ejemplo cuando no aprueba un examen) y Gustavo, el profesor de matemática, la manda a rectoría o le pone una sanción.
Ustedes se preguntarán qué carajo hace Laura en la nave enemiga. Les explico, su tarea es hackear la base de datos extraterrestre. Es medio complicado, primero porque tiene que llegar primera a la nave e ir al inodoro clausurado, que es donde empezó a destruir desde adentro la propia nave, y segundo porque tiene que “entrar en la onda”, cosa que le revienta. En el inodoro clausurado tiene su computadora y algún que otro elemento para ir destruyendo de a poco y disimuladamente. Si falla en su misión, tiene el plan B de convencerlos, perdón, las, convencerlas de atacar a la familia Sackville. Ahí está el mayor problema, en el baño vecino está el portal mutante, un centro de rehabilitación para ser introducidos nuevamente en la sociedad. Y a veces las extraterrestres y las mutantes van turnando de baño, para que las autoridades escolares no sospechen nada raro. Igual se rumorea que ya están todos enterados, hasta los padres. Pero suponiendo que nadie sabe nada, ellas se turnan, lo cual es un problema grave para Laura, ya que las Sackville son las más populares en el colegio (sí, con cara de culo y todo) y obviamente, como no podía ser de otra manera, dentro de la nave extraterrestre también.
Laura siempre tiene todo contado, no se le pasa ni un segundo, pero el tiempo de volver a clase a veces varía porque tiene que esperar que la nave se vacíe antes de poder salir del inodoro clausurado. Es por eso que a veces llega tarde a clase, y adivinen a cuál… Sí, ¡matemática! Gustavo y Laura se detestan, se odian profundamente, pero igual él trata de ayudarla para que apruebe.
A eso de las 12:30 tiene que volver a su casa, nada de otro mundo, como está tan cansada debido al colegio ya no puede soñar ni imaginar, aunque sea por unas cuadras. El 127 va vacío, no hay mutantes ni extraterrestres, no hay más autos a mil por hora ni bebés gigantes. Así que por las tardes Laura decide volver caminando a su casa. Va por Maza hasta llegar a San Juan y de ahí dobla hacia 24 de Noviembre. Pero en el transcurso, en Maza e Independencia, siempre están los guardianes de una pinturería, veinte perros de las mejores razas. Y como tales, están hechos de la mejor pintura existente sobre el planeta. Hay azules, rojos, amarillos, verdes, rosas, ¡naranjas! Laura adora los perros naranjas, cuando sea grande quiere trabajar en la pinturería nada más que para cuidar a los perros. Ella siempre quiso tener uno, pero prefirió esperar a cumplir cierta edad para pedirle a su madre alguna mascota. Además es mucha responsabilidad, ya bastante tiene con el colegio, pero en su corazón siempre habrá lugar para un ser más.
Verán que tiene un amor incondicional por todo ser vivo, excepto por las Sackville, pero en cuanto a plantas, animales y su propia familia, ella es puro amor. Hasta con… Ese chico, el que le gusta. Está enamoradísima de Felipe, lo adora, tanto como a los perros naranjas. Ella piensa que él no la quiere ni un poquito, que no se fija en ella, por eso a veces, no siempre, Laura se arregla, se pinta, se perfuma y sale a la calle con la esperanza de encontrarlo. Va hasta la vuelta de la casa, él es el hijo del kiosquero y casi siempre está afuera limpiando la vereda. Felipe está enamorado de ella, pero al ser los dos tímidos ninguno tomó la iniciativa de ni siquiera saludarse. Pero como Laura es tan olvidadiza, siempre que se lo cruza no está arreglada ni pintada ni perfumada. Será cuestión de que ambos entiendan que no hace falta estar arreglado ni perfumado ni pintado para agradarle al otro.
La tarde de Laura es un tanto aburrida, pero siempre tiene un as bajo la manga que hace que todo sea más divertido y alegre. Como cuando prende la tele y mira el noticiero, ella se ve en las noticias y se imagina toda importante, con muchos reconocimientos y logros, ojalá algún día los obtenga de veras, se lo merece.
A veces, si está muy aburrida, se duerme una siestita, es tiempo de soñar dice ella. Y no sueña lindas cosas, siempre cosas dramáticas o terroríficas, como una carrera en el infierno, para salvarse del fuego. O sino secuestros, cosas extrañas realmente. Ahí es cuando más trabajo tengo, debo despejar su mente con una técnica que sólo tenemos los cazadores de sueños. Voy a develarles uno de los pasos, el segundo más bien, que es reemplazar los malos pensamientos por algunos recuerdos de la infancia y otros más recientes.
Al cabo de dos o tres horas, depende del día y cuán cansada esté, se despierta con más hambre que nunca. Es hora de tomar la leche o no… Si sobró algo del mediodía tranquilamente le pone mayonesa y se lo morfa como un ave de rapiña. En esos momentos de hambruna se siente como si estuviera en una isla desierta donde debe atravesar momentos difíciles con sus compañeros de viaje. El sillón es un bote salvavidas, pero no es muy seguro, con lo cual se sufren varias bajas durante el naufragio hacia la civilización. La jirafa, Mercurio, hace de timón, mientras que el resto de los tripulantes ayudan a remar y a equilibrar el movimiento del bote, la marea está brava. Sebastian, el perro, acaba de caer, Cecilio, el oso celeste, lo salvó de una muerte segura. Laura está preocupada, está anocheciendo y se aproxima una tormenta. Mercurio la anima, le dice que no va a pasar nada, pero en el momento del avistaje de tierra firme la madre de Laura la llama a comer, se terminó el juego.
La hora de la comida es aburrida, piensa Laura y tiene toda la razón, la madre y el hermano sólo conversan del jardín y ella se siente la oveja negra, la que no puede meter palabra porque sino la acusan de envidiosa y un montón de cosas más que ella no quiere que nadie las sepa. Yo sé que ella es una chica muy buena, pero no sé cómo hace realmente para no defenderse de tanto maltrato. Y no sólo es en su casa el problema, en el colegio también la tratan mal los profesores y los compañeros, menos Gustavo y Santiago, su amigo de toda la vida. Laura lo quiere más que a su propio hermano, ella dice que Santiago es su verdadero hermano, que seguro que la adoptaron y ahora no quieren hacerse cargo de lo que les tocó. ¿Y qué les tocó? ¿Saben qué realmente les tocó? Una nena hermosa, una mujer que aún sabe soñar y no pierde esperanzas de ser alguien y no depender de nadie. Una verdadera obra de arte, una persona que aún sabe volar. Y lo peor de lo peor, lo peor de todo es que nadie lo valora, pero a ella no le importa, porque después de comer se da un baño de inmersión con agua tibia, espuma y sales, y así sigue en su mundo perfecto, sin que nadie la moleste.
Pero en el baño de la noche es cuando sale a la luz su lado más oscuro y tenebroso, una mente perversa, una pesadilla hecha persona, su tristeza y angustia. Sueña que su lecho de muerte siempre fue y será su propio baño, su nave, que al no poder ganarle a los extraterrestres y al no salvar la tierra y convertirla en un caos por su culpa decide optar por el suicidio. Igual eso le dura lo que dura el baño, después sale, se seca, se pone el pijama y se va a dormir, a soñar que todavía es ella y que está en su mundo perfecto, con perros naranjas y una sonrisa gigante que le dura eternamente.
Por: Anónimo
© Ledém, 2009
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